El descanso como antídoto
Es sábado por la mañana. Son las 8.15 a.m. Estoy sentada en el escritorio del salón frente a la ventana. Junto a mí hay una vela blanca encendida en el candelabro y una taza con té chai humeante.
El cielo está nublado con tonalidades grisáceas, blanquecinas y azuladas. La inmensidad de la bóveda celeste es como la de un océano. Las nubes se asemejan a montañas y cerros.
Deseo tener un día pausado. Es primavera en el hemisferio sur pero mi organismo parece vibrar todavía al compás del hemisferio norte.
Me apetece recogerme. Solo anhelo moverme lentamente y nutrirme con comidas calentitas y cocinadas a fuego lento. Mi cuerpo me indica que lo único que necesito es descansar.
Estoy rendida y acepto lo que es.
Reconozco que me corresponde honrar los tiempos de recuperación y asimilación. Recuerdo que son igual de necesarios que los momentos de movimiento y acción.
Belleza en lo cotidiano
Afuera todo sigue su ritmo habitual. Los hombres de la obra de enfrente de casa trabajan con ahínco. Me pregunto si están cansados de cargar con tanto peso a sus espaldas. Respeto su fortaleza.
Rocky, el perro de la obra, descansa sobre un pequeño montículo de arena. Parece estar en su paraíso particular en medio del bullicio.
Observo silenciosamente y sonrío siendo espectadora de la cotidianidad. Soy foránea en este entorno y, a la vez, me siento en casa.
Últimamente este es uno de mis pasatiempos favoritos: sentarme cerca de la ventana, beber té, escribir y observar qué ocurre en el exterior. Es como ver una película.
Durante meses sentí frustración por estar en la ciudad. Hoy agradezco este lugar y lo absorbo. Bebo de sus oportunidades y aprecio las lecciones que aprendo con solo mirar a mi alrededor.
Me doy cuenta de que todo lo que necesito está en mí y delante de mí.
En este instante de gratitud por lo que es ahora, también me emociono por el viaje que emprenderé en un par de semanas. Se avecinan mareas de cambio de entorno que resuenan con los ecos de mi alma.
Cuando me pauso y no me apresuro…
Percibo los detalles.
Aflora la calma.
Recupero mi confianza en la vida.
Los sabores adquieren más intensidad.
Todo recobra sentido.
¿Tú también tienes la intención de crear momentos de descanso para ti?¿Qué te aporta la quietud?
Me encantaría que me contases. Te leo.
Un abrazo,
Almudena